Hay una honestidad indiscutible en los proyectos que deciden ignorar las fronteras de los géneros para centrarse exclusivamente en la vibración de sus instrumentos. B.O.W. (Brotherhood of Wolves) regresa a la actualidad con «Hunter», una pieza que funciona como epicentro de su sexto álbum, «Drops of Black», y que supone una ruptura deliberada con las estructuras previsibles. En esta entrega, la formación se sumerge en un territorio híbrido donde la elasticidad del funky rock converge con el peso del rock alternativo, logrando una síntesis técnica que huye de los artificios para abrazar una energía puramente orgánica. El andamiaje rítmico de «Hunter» se sostiene sobre la precisión de una alineación que entiende el oficio como un ejercicio de orfebrería. El pulso del tema nace de las manos de Moisés Cerezo, miembro fundador cuyo bajo magistral dicta la cadencia necesaria para que el corte respire ese aire sincopado tan característico. Sobre este cimiento, la veteranía de Ovidio López aporta la sofisticación técnica en las guitarras, mientras que el joven Baire inyecta una frescura necesaria a través de riffs de herencia post-grunge. En el centro de este engranaje, Tommy López ejerce como estratega total, asumiendo la producción, composición y una batería que dialoga constantemente con la voz de Diego Valdez, cuya interpretación, rica en matices y profundidad, eleva la narrativa lírica firmada, como es habitual, por Vladimir Emelin. |
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