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EMS Global Music
Subtónica es el proyecto musical liderado por el cordobés Javier Estévez, que fusiona rock poético y melodía con letras de gran calado estético y emocional. El que fuera letrista, batería y cofundador en 1994 de la tristemente desaparecida banda ESTIRPE, cumple ya más de diez años picando piedra por segunda vez y recorriendo pequeñas salas de nuestro país dando a conocer su música. El nuevo sencillo de Subtónica, «Para Creer Que Estamos Muertos», es una declaración de guerra contra la inercia civil. Los oídos y nuestra conciencia se alertan porque es un espejo incómodo de la realidad, poniendo énfasis en la necesidad de un pensamiento crítico. Esta canción es fruto de su quinto disco, que se publicará en 2026 bajo el título de Salvarnos y que saldrá en vinilo. En un tiempo donde la inercia se confunde con la paz y la comodidad anestesia la conciencia, donde nos han vendido un circo de individualismo rampante, excentricidades de saldo y un sempiterno síndrome de Peter Pan disfrazado de autenticidad, la pregunta pende en el aire como una guillotina silenciosa: ¿queda aún capacidad de réplica en esta maltratada sociedad civil o somos ya meros comparsas en esta función donde los grandes poderes fácticos, sin disimulo, siguen moviendo los hilos del mundo? Javier Estévez ataca de nuevo, y lo hace con la precisión de un bisturí y la contundencia de un cañonazo. Su nuevo single no es un lamento, sino un poderoso pisotón que revindica, como bien intuyó Patti Smith en su día, que «People have the power», y que la única razón por la que nos creemos cadáveres es porque se han esmerado en hacérnoslo creer. Es una invitación directa al pensamiento propio y fundado, un necesario varapalo contra la borregada del pensamiento único. No en vano, Estévez dispara con menciones al mítico programa «La Bola de Cristal», ese faro en la noche, para dejar meridianamente claro que, si «todos pensamos igual, el panorama es realmente trágico». La canción, con la moraleja de la rana cocinándose a fuego lento en la olla como metáfora, nos canta al oído ese perverso juego del poder: nos empujan, sí, pero justo lo suficiente para no caernos; nos alejan, sin duda, pero nunca tanto como para que lleguemos a perdernos de vista y organicemos la revuelta.
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